¿Se me quitará la manía de enredarme de vez (cada dos años) en vez (todos los días de una semana) en cortinas vaporosas para mirar la lluvia?
¿Podré dejar de necesitar el espacio caliente y silencioso de un té (uno al día) en soledad y a pequeños sorbos?
¿Se me pasará la añoranza al piano de la casa, que tiene que conservarse, que nos seguirá a todos nuestros refugios para que el fantasma de la abuela lo pueda tocar cuando quiera?
¿Algún día podré, seré capaz de decir el porqué, el cómo de cada pequeño gesto, de cada cambio de humor, de la pequeña o grande decepción que me provoca comprender o no poder comprender?
¿Será un capricho?
Muchas de las grandes cosas que me pasan, me pasan lejos de todo, en un tiempo heroico y continuo. Me pasan mientras camino y me encuentro con un diminuto jardín perdido en la ciudad. Una esquina llena de enredaderas y hierba crecida que me atrae porque es húmedo y parece secreto, porque se pueden escuchar las murmuraciones de un montón de capullos que protegen el sueño de durmientes orugas. Puedo sentir la respiración de la metamorfosis y pienso "esto es un umbral", la marca del tesoro entre lo que es y lo que será. Me doy cuenta de que yo misma me encuentro bajo un umbral que aletarga los sonidos de mi alrededor, estoy en el filo de un antes y un después, en el horizonte de los sucesos, esa es la razón por la que cada vez que toco una carta, aparece una descarnada calavera. ¿Donde está su piel? Está siendo cuidadosamente hilvanada por el destino.
Como me siento desnuda, vulnerable, casi no frecuento humanos, casi no les hablo. De repente algunos, de esos malos, se acercan para hacer preguntas que no puedo y no quiero responder, acechan para criticar, para herir. Vienen precisamente ahora, después de años de haberme alejado de ellos. No entienden que ya estamos separados por muchos umbrales, que la que miran ahora es una muy distinta a la de hace tres años. Distinta pero con los mismos gestos, los mismos reveses.
Entre esas cosas que no cambian, que se quedan siempre pegadas al esqueleto están unos cristales de fuego llamados pasiones y mi vida solitaria, esa que sucede cuando nadie mira, que empieza desde mis sueños nocturnos, que me acompaña a a través de mis pies descalzos y que se adereza con preciosos pensamientos escondidos entre mis cabellos (las nubes, un columpio, las horas de un pot au feu y la máquina del tiempo). Una vida con lenguaje de ser elemental compuesto de aire y remolino, que cruje como un encaje antiguo.
El cuerpo sin piel busca el bálsamo de los jardines, el aire libre de los pájaros, de los perros negros, de las ranas, busca las texturas de las letras en libros y el color de las acuarelas visitadas en un viejo cuarto de infancia.
Es ahí donde estoy cuando me preguntan ¿Donde estás?
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miércoles, 14 de julio de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
Historias de cocina
Tengo una diminuta cocina en un diminuto departamento pero es toda roja, caprichosamente ha ido eligiendo su color. No hay puertas que la separen de los demás espacios, por lo tanto es el centro de la casa. La reina roja que decide los olores y los sabores de nuestros días.
Poco a poco hemos ido comprando los utensilios necesarios e innecesarios para cocinar. Trastos de formas distintas y aparatos con varias velocidades. Hemos elegido meticulosamente nuestros cuchillos para cebolla, nuestro rallador de queso, el salero y el pimientero (los amamos tanto que los hemos recomprado varias veces para regalarlos).
La última compra fue un horno eléctrico. Me tardé varias semanas para atreverme a usarlo: sólo tosté unos baguels, después hice carnes. verduras, soufflés.
Nuestro primer intento de postres no resultó, no salieron los cupcakes de zanahoria con los que quería sorprender a M. Renard. Quedaron crudos, después para el cumpleaños de J. el caballo que horneamos quedó hermoso pero tan duro que era imposible meterle el diente y entonces empezamos a pensar que el horno estaría embrujado. Ningún pastel se hornearía.
Y sin querer el horno empezó a ocupar nuestros pensamientos, nuestras conversaciones. Mi madre sugirió paciencia y comprensión los hornos son como los gatos, hay que aprender a conocerlos, a entender sus ritmos y sobretodo su temperamento. Al parecer nuestro horno era bilioso, se enardecía con demasiada rapidez.
La preocupación fue tal que en un día hablando con una de mis amigas, decidimos desencantarlo. La cita sería un domingo a las 17 horas.
Contábamos con la receta infalible, A. traía sus experimentadas manos y moldes para hacer panquecitos. Le tocó la parte más difícil porque tuvo que pelearse con 250g de mantequilla y con mi torpeza. La emoción era tan grande que sólo lograba parlotear alrededor de ella.
No sé en qué consistió que las cosas salieran de maravilla, creo que fue el conjunto de las manos mágicas de A. nuestro entusiasmo, nuestras risas, nuestro cuidado (y sí también mis tropiezos) tal vez fue el aceite de mejillones que se desparramó y que la mantequilla voló incrustándose en toda clase de vidrios y muebles, pero en 20 minutos los panquecitos se "veían y olían delicioso".
Estuvimos hablando hasta las 3 de la mañana, absortas en el tiempo de los encantamientos, sin importarnos el trabajo del día siguiente.
El horno se relamía los bigotes de horno mientras se iba enfriando.
En casa se hornean pasteles los domingos, rodeados de amigos y la reina roja nos reserva las mejores texturas y los mejores sabores. La felicidad de la vida hecha a mano.
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